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UN TRANVÍA LLAMADO DESEO

Un film de Elia Kazan

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Blanche DuBois dice esta frase. la cual parece una premonición de lo que le espera:

 

-" Me han dicho que coja un tranvía llamado Deseo, y que luego transborde a otro que llaman Cementerio, y luego que baje en lo que llaman Los Campos Elíseos "-


 

 

Le fué otorgado el Premio Pulitzer a Tennesse Williams, por toda su trayectoria literaria...!!

 

 

No siempre somos los que pensamos, a veces es otra mente, fuerza, espíritu, lo que danza dentro de nosotros. Es por eso que, en ciertas ocasiones, nuestra mente rechaza un pensamiento que nos resulta ajeno y decimos con extrañeza.. ¿Por qué estoy pensando eso?. Blanche arrastra en su interior el recuerdo de un doloroso pasado: la muerte intempestiva de su esposo, una fuerte acusación, una expulsión laboral, una etapa promiscua… y ahora guarda la esperanza de que, al lado de su hermana, encontrará un poco de afecto y quizás ella misma hasta pueda darlo. Pero Stella está casada con Stanley Kowalski, un hombre temperamental, destructivo e intolerante, quien no está dispuesto a guardarle ni una a su cuñada, cualquiera que sea el “césped prohibido” que ella pise. Mitch, compañero de labores de Kowalski, se muestra interesado por la cuñada de su amigo y entre ellos nace una relación que pareciera haber abierto para la sufrida Blanche un sendero de esperanza… pero quien sabe que duras razones, el destino parece cerrado para aquella mujer que nunca sale antes de las seis de la tarde y que procura permanecer siempre en estancias oscuras, para aparentar algo de juventud y ocultarse sin duda de lo que siente por sus pecados. Cuando la sociedad prejuzga y condena sin reparo ni compasión, es muy común que la reiteración de esta actitud, termine convenciendo al condenado de que sus errores son caminos serpenteados que a nada conducen.
 

El dramaturgo Tennessee Williams, consigue con “UN TRANVÍA LLAMADO DESEO” una de sus más sólidas historias, sirviéndose, por momentos, de hechos vividos con dolor en el alma y rabia en el corazón. Y de nuevo carga contra esa sociedad por la que llegó a sentir un profundo desprecio, por tener a la mujer como la víctima más habitual de su ignorancia y sus desmanes. El director Elia Kazan, logra por su parte una excelente puesta en escena, con precisos efectos de iluminación y de encuadre, y sobre todo, con una eficacísima dirección de actores que logra que sus cuatro protagonistas brillen como estrellas de primera línea. El premio Oscar le fué otorgado a Vivien Leigh, Kim Hunter y Karl Malden, además del cuarto para el director artístico, fue sencillamente una justa recompensa. A Brando le tocaría esperar tres años más para recibir su reconocimiento por otro filme de Kazan. “UN TRANVÍA LLAMADO DESEO” es la clase de filme que me deja con el alma desgarrada, pero es sin duda altamente necesario para profundizar en las vergüenzas humanas. Tengo que darle la razón a Blanche cuando dice:: “Una línea puede ser recta o una calle… ¿Y el corazón del ser humano.?” Por suerte, es posible comprender que, la capacidad de resarcir las faltas, corrige los desvíos que siempre se producen en la vida.

 

 

La acción tiene lugar en el barrio francés de Nueva Orleans, a lo largo de unos 6 meses. Narra la historia de Blanche DuBois, que visita a su hermana menor Stella, casada con Stanley Kowalski. Blanche es frágil, necesita cariño y ternura, ha vivido experiencias amargas, tiene unos 40 años y oculta un pasado oscuro. El film desarrolla un drama psicológico centrado en el enfrentamiento entre Blanche y Stan, que se despliega gradualmente a partir del interés de éste por la pérdida de la antigua finca rural, "Belle Reve", de la familia DuBois, sus pretensiones de acceder a la propiedad de una parte de la misma, el desprecio instintivo que siente por la fragiidad y las formas delicadas, su temperamento violento, acentuado por el alcohol, su presuntuoso machismo barriobajero, asociado a violencia de género, la necesidad psicológica de ser el jefe de los que le rodean, de mantener sometida a la mujer y de ser admirado por su fuerza física y su atractivo sexual. El perfil psicológico de Stan corresponde al de una persona atormentada por su participación en la Segunda Guerra Mundial y dificultades de adaptación y equilibrio. Padece un síndrome de inseguridad que le impone conductas de sadismo. Blanche oculta una profunda frustración, varios fracasos sentimentales, un pasado promiscuo y un miedo enfermizo a la muerte y a la enfermedad. La batalla entre los dos personajes permite el lucimiento interpretativo de un joven Brando de gran magnetismo. Vivien Leigh borda el papel de víctima no inocente, en el límite de la cordura y de su autonomía personal. La tensión entre ambos es verbal, emocional, instintiva, física y siniestra. La fotografía hace uso de tomas largas, encuadres fijos prolongados y movimientos de notable expresividad. El guión acorta los diálogos teatrales y los combina con imágenes de gran potencia visual. Las interpretaciones de Brando y Leigh, apoyadas por las de Hunter y Malden, conforman un espectáculo soberbio y emocionante. La dirección del maestro Kazan nos ofrece una autentica obra de arte, memorable e imprescindible. La película por motivos de la censura de los años no hace referencia al hecho de que Blanche sorprendió a su marido acostado con otro hombre y que pregonó el incidente con encono, lo que provocó el suicidio del mismo. Omite que Blanche llega a Nueva Orleans después de haber sido expulsada del colegio donde impartía clases de lengua y literatura, por corrupción de menores, al haberse probado que sedujo a un alumno de 17 años. No se incluye tampoco la escena de la violación de Blanche por Stan. En la obra de Williams Stan sale indemne del duelo con Blanche, pero en el cine solo es objeto de sanción. Siempre he llevado en mi mente que esa famosísima frase de “mañana será otro día” con la que terminaba “LO QUE EL VIENTO SE LLEVO”, seguía en los océanos del tiempo en EL TRANVÍA LLAMADO DESEO, porque Scarlett y Blanche danzan en el mismo valle de las sombras.
 

 

Hablar de esta película y no mencionar a Marlon Brando, puede ser una herejía que se merece el mayor de los castigos. Él es Stanley. No puede haber otro que se acerque a la brutalidad que Brando exhibe en esta obra maestra, la traía desde el teatro y la plasmó en el cine con letras de oro. Pero a mí, me sigue sorprendiendo Vivien Leigh, una inigualable actriz digna de que esté en el Crepúsculo de los Dioses, al lado de Laurence Olivier. La química entre estos dos actores es brutal; pero en este pulso que mantienen a lo largo de toda la película, no deja de ser curioso que la vencedora final sea la actriz inglesa, que nada tenía que ver con el “método”, principal herramienta de acercamiento a cualquier texto de T. Williams, y de la que Brando era su mejor exponente. Vivien está conmovedora, por eso le dieron merecidamente su segundo “Oscar”, en el único papel de toda su carrera que está a la altura de su inolvidable Scarlata O’Hara. Su aparición en pantalla es mágica. Una estación de autobuses, un humo denso, casi una niebla del pasado, y surgiendo de ésta: una Blanche en el ocaso de su cordura. Una dama del Sur, reina de bailes e ilusiones, a la búsqueda de todo eso que ha perdido y que ya nunca encontrará. El miedo de sus ojos es tan real que no dejas de sentir una profunda lástima. Las secuencias entre ella y Brando son antológicas, descarnadas, sin tregua alguna. A su búsqueda de la amabilidad, de ese espíritu del viejo Sur que también mostraba en “Lo que el viento se llevó”, opone Stanley una violencia cruda, rezumante de sexo, con ese carácter de gallo peleón que no soporta ninguna gallina más en su gallinero. La película está llena de momentos magistrales, una fotografía en blanco y negro pocas veces superada...el sudor se masca, hay luces duras y contrastes fuertes por todos los lados, diálogos que estrangulan el alma, como la frase final:

-" Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños "-

 

 


Un tranvía llamado deseo es, ante todo, una película de actores. Brando está descomunal: duro, incluso salvaje en ocasiones. Pero Vivien Leigh representa el papel de su vida. Su personaje mezcla grandes dosis de ternura, locura y patetismo. Está magnífica y el espectador se identifica con ella desde el principio. Tampoco puedo olvidar los secundarios, especialmente la hermana de Vivien, una mujer completamente atada a su marido y prácticamente sin voluntad propia. Ver la película es como presenciar la obra de teatro. La acción se desarrolla casi al completo en la casa donde malviven Kim y Brando, lo que ayuda a crear ese clima de agobio que tan bien se refleja. "Un tranvía llamado deseo" es dura, muy dura de hecho. Su argumento no deja indiferente. Es imposible verla y no sentir un nudo en el estómago. Es lo que pasa con el buen cine, un cine que desgraciadamente no saben hacer ahora.
De recios márgenes teatrales, la película contiene multitud de enfáticos apuntes, ya sea una realización centrada en actores y decorados, puesta en cuadro de pocas tomas y pocas cámaras, o la dirección artística de escalera, que sirvieron como confirmación de un Kazan enteramente embebido en su status de “autor”. Se supera así en parte el sedimento de evolución y aprendizaje de su primer cine, como es el caso de “Lazos humanos”, de morfología clásica, en el sentido más excluyente del término e incluso propuestas extrañas como “El justiciero” y su desarrollo periodístico y policiaco poco habitual en un director como Kazan, quizás encasillado en la memoria del amante del cine, como un maestro a la altura de Billy Wilder...ambos los mejores directores de orquesta que han tenido los actores que tuvieron la enorme suerte de trabajar con ambos genios del Séptimo Arte. Kazan había dirigido la obra de teatro, así que empleó un reparto muy similar para el cine, lanzando al estrellato a Brando y recurriendo a Vivien Leigh, que también la había representado en los teatros londinenses. En el borrador del proyecto de adaptación el director trató de dotar al guión de un halo más cinematográfico, presentado el pasado de Blanche DuBois y recurriendo a una pluralidad de localizaciones. Finalmente, optó por respetar la configuración teatral ciñéndose casi por completo a la unidad de espacio que podemos ver en la película. Desde luego, este tipo de propuestas, con toda la carga sensual y de obvia aunque potente simbología de Tennesse Williams y su visión del sur estadounidense, como las figuras de cristal o iguanas que habitan sus obras, encajaban bien en Kazan y su tendencia del “método” hacia la introspección psicológica. Vivien había estrenado en Londres, bajo la dirección de Olivier la obra con un rotundo éxito, pero Larry Olivier odiaba el MÉTODO STANISLAVKI e hizo todo lo posible porque su esposa no firmara con Elia Kazan, pero todo resulto inútil, Vivien interpretaría, para gozo de todos los cinéfilos del mundo una Blanche Dubois inmortal. El “Método” obtuvo perfecta promoción gracias a este film, con Kazan y Brando. Cada escena era una explosión, los cuerpos se retorcían en el contorsionismo de un abrazo, los primeros planos proyectaban mohines con la misma exageración con que las voces se dirigen a los palcos del teatro, y surgían del blanco y negro, omóplatos que se arqueaban hundiendo el pecho de Brando, Newman o Monty Clif. Así nació el método Lewis&Strasberg, con frases emotivas, punzantes, gestos e improvisación. Interesante analizar la interpretación de Vivien Leigh, ver su efecto de pulpo en la cacharrería de actores fetiche de Kazan y comprobar sus mohines de actriz de mirada perdida,  y ceño fruncido, que unido al poder de Brando y Malden, asisten al efecto de disociación que el personaje de Blanche experimenta entre la realidad, ese mundo imaginario de esplendores y traumas en los que se refugia

 

 

Tan solo la interpretación de Marlon Brando sería suficiente para encumbrar este film. Pero es que todo el elenco de actores hace un trabajo colosal, como embebidos de la sombría y sórdida Nueva Orleáns. Las interpretaciones en ese ambiente en penumbra que domina todo el film, trasmiten perfectamente y de forma apabullante el debate interior que la llegada del personaje de Blanche ha provocado en todos los que la rodean. La amalgama de sentimientos y emociones cruzadas con que, sin concesiones, la película bombardea al espectador la hace casi cruel. Una película obligatoria. Tremendamente fiel adaptación de la laureada obra de teatro de Tennessee Williams. Impregnada de una tristeza, una sordidez y una desesperanza aplastantes, sin una luz que ilumine el horizonte, esta película se despliega inexorablemente hacia la fatalidad. Una mujer madura y atractiva, Blanche Dubois, regresa a Nueva Orleáns tras una prolongada y misteriosa ausencia. Se instala en la casa donde vive su hermana y el marido de ésta, que es un hombre rudo y de carácter violento. Blanche se envuelve en un aura de misterio y refinamiento, diciendo frases grandilocuentes y contando cosas sobre sí misma que parecen sacadas de una novela. Su cuñado la trata con suspicacia y con un escepticismo brutal, tratando desde el principio de hacer caer la fachada tras la que Blanche se parapeta y se protege a sí misma. Pero él no puede evitar que uno de sus amigos se enamore de ella, ya que Blanche es una mujer bella, culta y romántica. El cuñado, malignamente, no parará hasta ir averiguando toda la verdad sobre ella y la espetará sin piedad ante todo el que lo escuche, sobre todo ante su amigo. Mientras, la hermana de Blanche, aunque conoce de sobra la crueldad de su marido, apenas hace nada por oponerse. Si alguna vez se rebela y sale en defensa de su hermana, inmediatamente cae acobardada ante la furia del marido y porque también ella está demasiado cegada por un amor masoquista y destructivo. El cuñado revelará episodios muy escabrosos y oscuros del pasado de Blanche y ella cada vez se siente más perdida y desamparada. Su extraño comportamiento y la brutalidad de su cuñado derivarán en un clímax insoportable, mientras todo el mundo cierra los ojos y vuelve la cabeza ante las injusticias cometidas a esta pobre y despreciada mujer, que no se merece tanta condena. Es toda una lección de las normas del MÉTODO STANISLAVKI y un reflejo crudo, sin filtros ni máscaras, de una sociedad inquisidora y justiciera que condena a sus miembros más frágiles y los arrastra por el polvo, mientras todo el mundo hace como que no ha pasado nada. Atesora tan magistrales actuaciones, ambientación más que de matricula de honor, un guión adaptado extraordinario que destila lirismo, melancolía, malevolencia y patetismo. Debo confesar que un tranvía llamado deseo es mi película fetiche por muchas razones que no vienen al caso y un film pesimista y desesperanzador de todos los que he visto.


El encuentro de dos almas atormentadas por un intenso dolor, azarosas bajo diferentes escenarios, pero un mismo sufrimiento. El peso de los historiales de Stanley y Blanche hace que sus vidas sean dolorosas aunque ellos mismos no lo sepan. Y son dolorosas por que son dos seres inadaptados a una sociedad que los aplasta. Es como si el polaco y la madame imploraran que algo superior a ellos viniera y los hiciera sentir en paz. Pero esto no es así. La realidad los destruye así mismos. Son dos fieras enfermas que no escapan a su pasado y que sangran, como si quisieran escapar de su jaula. Por eso madame Dubois llora y Stanley grita: ¡¡¡Sssteeellllaaa!!!...Un grito, un aullido que rompe la noche aciaga del barrio patético de Nueva Orleans. El presente es una cara, un cuerpo, una cabeza llena de sueños, ilusiones y proyectos, una cuenta bancaria, una familia, un círculo de amistades... Y también un corazón gastado por las decepciones, las batallas ganadas, las perdidas. De ese material que somos nosotros mismos construyen los dramaturgos norteamericanos de los cincuenta sus mejores obras teatrales, como es el caso del genial Tennesse Williams, en donde encontramos personajes inmensos en situaciones que limitan con su propia resistencia. Y todo ello en un contexto social patético, muy influyente en el interior de esos personajes, en donde una de las realidades es la fantasía y los conflictos interculturales.

 

 

 

Tennesse Williams, el gran autor teatral es un choque de trenes, una explosión, con sus momentos anteriores y consecuencias posteriores. Hace falta magníficos actores que hagan creíbles esas excursiones a los límites de la realidad. Y siguen haciendo falta magníficos actores para llevar al cine lo que en principio fue concebido para verse sobre un escenario. Por eso, Elia Kazan, que sabía mucho de cine y de teatro y, en concreto, de esta obra que había ya montado en Broadway hacía tres años antes, no tuvo dudas al asignar nuevamente a Marlon Brando el personaje de Stanley, el rudo inmigrante polaco, y a Viven Leigh el de Blanche Dubois en su versión cinematográfica de “Un tranvía llamado deseo”. Brando es el actor de actores, siempre está extraordinario. Qué fuerza, qué técnica, qué calculo de energías para un actor de veinticuatro años, con tan poca experiencia a sus espaladas pero con una intuición y una sabiduría intuitiva fuera de o común. Algunos de sus momentos, compartidos con Vivien, o con Kim Hunter, pertenecen ya a los mejores recuerdos del cine: Cuando Stanley grita desconsolado el nombre de su mujer, o Stanley desmontando a Blanche de su mundo de fantasía, impresionante la secuencia donde Stela clava sus dedos en la espalda en un abrazo lleno de pasión y de amor...Ese cine y ese teatro ya no pertenecen a nuestro tiempo, como tampoco pertenece a nuestro tiempo el teatro de Shakespeare. Lecciones intemporales de talento artístico, de cómo se escribe un guión, de cómo se dosifican los elementos racionales y emotivos de manera exacta para contarnos una historia desgarradora, posible, reconocible, de cómo se da vida a un personaje. Tal vez Nueva Orleáns no sea ya como aquí aparece, pero cualquier lugar en donde los celos, los fantasmas, el deseo y la crueldad forman parte de un mismo cóctel, puede ser Nueva Orleáns. Un decorado de teatro, que no se disimula a sí mismo, puede ser más evocador que todos los efectos especiales de Avatar. Porque en ese decorado nos sería posible situarnos si nos sentimos algo más que meros espectadores. Tennessee Williams fué un autor tremendo. De todo tipo de relaciones extrae un drama, y no se le puede negar la originalidad de abordar temáticas novedosas. En “Un tranvía llamado deseo” aborda nada más y nada menos que un espinoso asunto familiar, tema que más tarde volvería a tocar aunque de soslayo en “La gata sobre el tejado de zinc”. En esta historia hay un indiscutible protagonista visual: Brando. Su presencia es pura belleza, animalidad, erotismo e invitación al pecado. Cada una de los fotogramas en los que aparece podría formar parte de un calendario erótico. La suya es una masculinidad que emboba y da hasta miedo. Una masculinidad que, por cierto, debía fascinar a Williams porque prácticamente todos los protagonistas varones de sus obras están cortados por el mismo patrón: rudos, alcohólicos, machotes, bruscos en su trato con las mujeres, incluso hasta llegar el maltrato…Frente a la fascinante bestialidad de Brando-Kowalski, la inquietante presencia de la cuñada, Vivien Leigh, un personaje bastante poderoso pero con un tipo de poder mucho más sutil, basado en la manipulación y la explotación de su aparente fragilidad. Por fuerza ambos personajes tienen que chocar, aunque en ese choque hay mucho de atracción, al menos por parte de Blanche, y el deseo de dominar por parte de Stanley. Entre ellos, el personaje sumiso y conciliador de Stella. Hay que reconocer que Williams retrata magistralmente cómo funciona la violencia doméstica, incluso en unos tiempos en los que este asunto no solía salir del ámbito de lo privado. La irresistible atracción de Stella hacia su marido alterna con el rechazo por su brutalidad y así transcurre durante toda la película hasta que al final se ve obligada a elegir.

 

Marlon Brando se enfrenta a todos y a todo y termina por conmocionar al espectador con sus arrebatos de ira y sobre todo por sus gritos que se suceden de manera insistente uno tras otro llegando a ensordecer al respetable. Vivien Leigh se desmorona poco a poco y sin apenas darnos cuenta, mientras su profunda belleza y su refinado y desmesurado comportamiento cautivan y hechizan al espectador a la vez que lo embauca con largos comentarios que por otra parte resultan demasiado teatrales pero que viniendo de boca de Vivien Leigh entusiasman. Este film de Elia Kazan se diferencia de otros dramas de Tennessee Williams. Posee algo que la hace distinta a otras películas, tiene una pareja de monstruos sagrados de altura en el reparto y la razón principal, actores así son poco corrientes en un film. Contemplando a Marlon Brando uno no está viendo sólo una soberbia actuación suya empleando el sistema del método del Actor´s Studio y dejándose la piel en cada escena y uno no está sólo asistiendo a una nueva recreación de Scarlett O´Hara menos radiante y risueña que la dama sureña de “Lo que el viento se llevó” sino más desolada y oscura a la manera que únicamente Vivien Leigh podría mostrar, en una interpretación que rebosa tristeza y desesperanza por donde se mire, rodeada de una aureola de magia que solo esta actriz conseguía traspasando la pantalla. Si algo convierte esta obra en imperecedera es el hecho de que Brando realmente es como su personaje y el personaje es Brando. De igual manera Vivien Leigh bien podría ser la inestable Blanche. La línea que separa la ficción de la realidad es muy fina, Brando en aquellos años se decía que era así de rebelde dentro y fuera de la pantalla, aunque no estoy de acuerdo. Brando era un ser excepcional, excelente amigo y generoso con las personas que amó. A Vivien Leigh podrían atribuírsele muchas de las virtudes y defectos. Su vida se asemejó demasiado a sus personajes... Sufrió de crisis nerviosas y padeció desequilibrios sobre todo en su etapa final. Quiero puntualizar también que todo se agravó cuando se separó de Larry Olivier, el gran amor de su vida.
 

 



Estamos ante una película mítica donde las haya, de esas que no pueden faltar en los manuales del maravilloso invento de los Lumiére y que jalonan su historia, protagonizada por actores de primerísimo nivel que se ganaron a pulso, a fuerza de actuaciones como ésta, el que sus nombres figuren, en la historia del cine con letras de oro. Vivien Leigh no sólo es nuestra eterna Scarlata O,Hara sino también la mítica Blanche Dubois, a Karl Malden no le recordemos solo por el padre Barry de La ley del silencio sino también por este Mitch enamorado y desengañado y sobre todo a Marlon Brando para el que cualquier calificativo positivo que yo pueda decir no sería mas que una repetición de los cientos de adjetivos que le han atribuido a lo largo de su trayectoria profesional. Tal vez una censura menos protectora de las virtudes morales de aquellos años, nos hubiese permitido comprender y saborear mejor esta historia de pasados que se fueron y realidades en las que hay que sobrevivir, donde todo consiste en caminar hacia delante so pena de encontrarte con la locura esperándote junto a la puerta de tus fantasías. A diferencia de la novela de Tenessee Williams donde los cabos sexuales no están sueltos, aquí no acaban de encajar. Se nos ocultan datos por culpa de la dichosa y eterna censura que decapita esos deseos que no sólo se escriben en el frontal de un tranvía sino en los ojos de Stanley frente a Blanche ó de Blanche frente a la camiseta sudada de Brando. Que se escriben en el beso de Blanche al joven cobrador y que encierran un pasado que, siendo absolutamente clarificador para desentrañar la historia, se nos ha ocultado. Este desconcierto, respecto a ciertos detalles de la historia, resta algunas décimas a la valoración total de la película por la que Brando debió, sin ninguna duda, recibir el Oscar al mejor actor... Pero a pesar de todo, UN TRANVÍA LLAMADO DESEO, es una joya del cine de todos los tiempos. La atmósfera "sudada" que desprenden los escenarios o la acertada adaptación al guión de la obra de Tennessee Williams son solo algunos ejemplos de las cualidades de este film. Por lo tanto he preferido no entrar demasiado en aspectos técnicos o sociales que acompañan al film y aportar en mi articulo, comentarios enfocados en primera persona, pero de un modo mas subjetivo.

 

REPRESENTACIÓN TEATRAL EN LONDRES, BAJO LA DIRECCIÓN DE LAURENCE OLIVIER.

 

 


En mi memoria quedarán ya escenas como la reconciliación de Stanley y Stela o el desgarrador final en el que Vivien Leigh sale de la casa completamente absorta...

O frases como estas:

-" Una línea puede ser recta, o una calle, pero nunca el corazón de un ser humano"-

-" ¡Eh tú, Canario flauta. Sal de una vez del cuarto de baño! "-

- "El encanto de una mujer es la mitad ilusión"-


 

 


El nombre de Elia Kazan está íntimamente relacionado con los de Tennesse Williams y Arthur Miller, dos de los dramaturgos más importantes de la postguerra estadounidense. De hecho, su carrera en la escena es un completo catálogo de las mejores obras teatrales norteamericanas del siglo XX. Kazan también mantuvo una gran amistad con Williams, plasmada en una larga y apasionada correspondencia, por lo que su trabajo en los montajes teatrales le sirvió como experiencia para llevarlos a la pantalla con otro lenguaje pero siempre respetando el espíritu de la obra.

 

De todos los directores que han adaptado las obras de Tennesse Williams, han sido muy pocos los que han conseguido el respeto y el distanciamiento necesario hacia el autor, uno de los escasos directores ha sido Elia Kazan. Rompiendo las férreas formas del teatro filmado y trasladando a la pantalla esa corriente de impulsos y sentimientos casi enfermizos sobre los que el dramaturgo cimentó su obra. La historia del rudo obrero Stanley Kowalski y su cuñada Blanche Dubois, asombrosa Vivien Leigh, que había hecho el personaje en los escenarios londinenses bajo la dirección de su marido Laurence Olivier, Olivier le dió un aspecto mas clásico, fiel a su estilo, rechazando en todo momento los sistemas del Método y suavizada convenientemente aunque sin perder un ápice de su fuerza dramática. Elia Kazan como contrapunto de Laurence Olivier, realiza una puesta totalmente distinta desde el universo dramático de Williams, con ambientes siempre sórdidos y opresivos, en una comunidad cerrada dentro de una sexualidad enfermiza que arrastra a los personajes a las pasiones más bajas. La obsesión atroz de Mitch por ver a plena luz el rostro arrugado de Blanche, la mujer que guarda como un tesoro las cartas amarillentas de sus amores de juventud. El conflicto planteado por el dramaturgo es el de la decadencia, la degradación moral y Kazan suscribe y corrobora su discurso reforzándolo con discreta elegancia. Sin duda alguna, Un Tranvía llamado Deseo es de las mejores películas que he tenido la gran suerte de ver en mi vida, que cuenta con todos los factores necesarios para haberse convertido en mito cinematográfico de primer orden. Bajo la narrativa dirección de ese gran maestro que fue y es Elia Kazan, y el escenario inimitable de la ciudad de Nueva Orléans, con actores que bordaron unos papeles que les fueron como anillo al dedo para demostrar al mundo entero de qué casta están hechos los auténticos iconos del cine y el por qué su huella permanece y permanecerá imborrable en la gran pantalla a lo largo de los tiempos. Con su papel, sumado al de Scarlett O`Hara en Lo que el Viento se Llevó, la extraordinaria Vivien Leigh se superó a sí misma dejando su indiscutible sello personal impreso a oro y fuego en los anales de la historia, pues sin duda alguna, ejecutó con brillante maestría una de las más complicadas, perfectas y reales interpretaciones que le dió el cine en toda su filmografía. Esa chulería escupida a la cara, esa lucha interna en la que trata de aferrarse a sus raíces y a su pasado, ese victimismo embustero y pedante, y la caída en el abismo de la locura encubriéndola por todos los medios con malas artes la hicieron bien merecedora de su segundo Oscar, convirtiéndola en mito imperecedero. Pero bien es cierto que esta maravilla de película no puede entenderse sin la aportación de Marlon Brando en plena apoteosis de su belleza salvaje y adolescente, dándole a su papel esa fuerza casi bestial recubierta por su ego masculino tan sobresalientemente interpretado por este actor que comenzaba a forjar su leyenda de icono en las masas que lo adoraban. Una película imprescindible y básica para entender el significado del cine, donde podemos apreciar claramente una química mágica y casi celestial entre todos, que junto a su director, nos regalaron uno de los mejores dramas de todos los tiempos, imperecedero y perdurable en la memoria de los verdaderos cinéfilos y amantes del séptimo arte.

 

 

Como es habitual en estas obras, nos sumergimos en una situación de índole familiar, aislada en medio de un entorno que es a su vez raíz y capa protectora de la situación en el que no hay lugar más desolado y más profundo que el interior de los personajes: Williams siempre los presentaba como una precisa y co-dependiente suma de su pasado, su presente y su entorno familiar y social, en el que es el pasado, lleno de secretos, farsas, mentiras, decepciones y frustraciones, el que prevalece por encima del individuo, como una carga a sus espaldas, que empañan la tenue y vacilante luz del hoy, llenando a su vez de gran incertidumbre y desasosiego el inevitable y casi imperceptible mañana. Personajes de varias capas, puestas y superpuestas alternativamente, en una intrincada estructura, como un pequeño ser atrapado en un ascensor de varios pisos que a su vez forman parte de él. El entorno y las circunstancias sociales, son siempre los guardianes de la situación hasta que el poderoso e inexpugnable paso del tiempo, acompañado del sufrimiento, destruye las ilusiones y desvela las verdades. Pues tal y como dice la Srta. Dubois a su querido Mitch, hace aflorar la verdadera sinceridad, aplasta la hipocresía e ilumina la franqueza. El dolor destruye la falsedad, descubre al hombre en toda su honesta pureza. En esto yo no puedo estar más de acuerdo. Y en las obras de Williams, la angustia, la frustración existencial, la decepción, la infelicidad, siempre se respira presionada y contenida, mientras conforme avanzan las trama esta se destapa, desvelando las verdades, derrumbando las ilusiones y las máscaras que tapan la cruda verdad. Williams nos habla nuevamente de psiques torturadas, explora el lado más turbulento de las relaciones personales, amorosas y familiares, desentraña la intrincada naturaleza humana, con todas sus aristas, desvelando puntillosamente los efectos, las consecuencias, las cargas, las naturalezas, etc., de las conductas, las decisiones, las circunstancias de la vida, los azares, el sexo... Arma diálogos de aburguesada poesía que, como agujas afiladas, te clavan y atravesando un minúsculo detalle, un pequeño poro en la piel, desarma verdades grandes como templos. Y es que Williams fue un gran sufridor, por tanto, un hombre con una sinceridad muy pura y descarnada. Tanto, que a veces aterra el ver hasta donde llego a desentrañar, lo aguda y reveladora que llega a ser su comprensión de los mecanismos profundos de la humanidad. En el reparto nos encontramos con un arma de destrucción masiva, cuando aparece Marlon Brando, con su camisa manchada salvajemente y su actitud machista que llena la pantalla de "Un tranvía llamado Deseo". El espectador no puede permanecer indiferente en este encuentro entre los personajes de Stanley y Blanche. Elia Kazan realiza una puesta en escena brutal, lo que le permite poner de relieve todas las cosas y todas las réplicas de la locura. Esto no le impide ofrecer un interesante trabajo visual, sobre todo en el juego entre la luz y la sombra, a través de los blancos y gracias por supuesto a los tonos negro, pero también a los descubrimientos de la puesta en escena, como la Linterna Blanca. Este claroscuro visual se integra en el hecho narrativo, destaca la dualidad de los personajes. Hay que tener en cuenta este excelente trabajo de dirección, mostrando toda una imaginaría de la descomposición de Nueva Orleans. Kazan es muy fiel al texto de Tennessee Williams, alcanzando transcribir todo lo no sugerido por las miradas y los silencios que el espectador debe imaginar en acciones. Es sin duda la obra de culto de una adaptación impecable, que con los años ha pasado a ser una autentica obra maestra.


Pero he leído a algunos periodistas, los menos, que la tacharon de machista, tal vez porque el papel de Brando es el de un bruto ¿a caso la película no termina como lo hace?... Hunter subiendo las escaleras, diciendo que nunca más va a volver a bajar con ese cerdo asqueroso, ¿a caso no es denunciado este comportamiento con el contraste de "bondad" de otros hombres que ni conoce. En ningún momento la película trata de defender esa personalidad y creo que Brando hace una actuación sublime, de lo más conseguida. también he leído por ahí que el repertorio solo conseguía que los espectadores viésemos en Brando algo de razón en los acontecimientos de la historia ya que nos sentimos encandilados por su presencia en escena. Pues bien, ahí reside la cuestión; nos muestran la parte de Brando de la que seríamos capaz de enamorarnos, incluso ese razonamiento de que él fuera quién destapara la locura de Leigh es una excusa para que nos sentimos atraídos hacía él y del mismo modo lo repudiamos por su exceso abuso del poder del hombre en esos momentos. Eso es para mi una obra maestra ya que, lejos de sentir que eso es lo que esta bien, el espectador simpatiza y entiende a Hunter. De otro modo la trama perdería su interés porque no podríamos entender porque una mujer sigue como un hombre así. Dijeron en su día que la actuación de Leigh era muy teatral, pero, su papel, su personaje vive en un teatro, inmersa en sus mentiras, en todo lo que cree y no es, desde el primer momento su actuación demuestra que miente, que manipula, que engaña y todo eso lo embadurna de sensualidad. Se entiende perfectamente cuál es su situación, el motivo de su locura y esa redondez  le hace ser un personaje humano con muchísimos matices y colores. Su evolución se aprecia a lo largo de todo el filme y para mi es lo mas sobresaliente y brillante de éste.

 

 

Y por último mencionar algo que siempre he pensado cuando veo aparecer a Vivien Leigh de entre el vapor que emana del tren, a su llegada a New Orleans, con aire desvalido y despistado, no puedo evitar pensar que es Scarlett O'Hara con unos años de más, "derrotada al fin", que viene de su plantación de Tara, como si fuera una especie de anacrónica continuación de "Lo que el viento se llevó"....

Así quiero verla yo...


La película tiene algunas escenas memorables como la llegada de Blanche entre sombras buscando el tranvía donde se puede apreciar muy bien el miedo en sus ojos, la de Stanley desesperado gritando el nombre de su mujer, la discusión entre Stanley y Blanche que acaba en pelea entre ambos, o todas las escenas donde aparece Karl Malden desesperado, enamorado y desengañado. Como obra teatral que és lo más destacado son las interpretaciones, empezando por Vivien Leigh,  Brando está inconmensurable brutal y salvaje utilizando el “metodo” que el mismo popularizó. Kim Hunter y  Malden ganaron también el Oscar por su brillante trabajo. En resumen una película que destila melancolía, maldad, locura, tristeza y desesperación.

Una fiel adaptación de la obra de Tennesse Williams con un trabajo impecable del maestro Kazan y de los cuatro actores principales.

 

!!! QUÉ GRANDE ES EL CINE.....QUÉ GRANDE !!!